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Pero todo cambia despu s del exilio
Pero todo cambia después del exilio en Francia; son los presuntos “bárbaros” los únicos que parecen ser capaces de una auténtica revolución: dirá Bilbao con admiración que ellos fueron los que en 1848 hicieron ryanodine manufacturer las “naciones de Europa […] estremecerse como bajo las plantas de Attila”. Los elementos tradicionales de la sociedad americana —ya no sólo chilena— adquieren una nueva valoración; los indígenas, a quienes antes atribuía Bilbao una influencia perniciosa, ahora son alabados por su resistencia digna y arriesgada, que lucharon en nombre de la justicia incluso si parecía que la razón histórica haría ganar al bando contrario. El ímpetu de modernización ha sido sustituido por una preocupación por la jus
ticia social y una reivindicación del valor histórico de la vida americana. En textos posteriores, Bilbao hablará del contenido revolucionario que se encuentra en ciertas prácticas sociales de narración de la memoria, y de la necesidad de “profetizar el pasado”.
Probablemente este giro pueda ser mejor comprendido si atendemos a la discusión sobre estos temas en La Tribune des Peuples. Ella adquiere el carácter especial de una crítica de lo que hoy llamaríamos supuestos eurocéntricos de la tradición socialista y revolucionaria, y de la necesidad de replantear esa tradición a partir de la vida histórica real de los pueblos en la periferia de Europa. Porque conviene recordar que la lucha entre barbarie y civilización no es un tema exclusivo de la tradición latinoamericana. Aparece en los lugares más sorprendentes. Por ejemplo, está presente en la obra de Engels, quien elaboró el mismo año una serie de artículos dedicados a analizar la situación de la Europa revolucionaria. Su carácter ejemplar respecto de los prejuicios de la democracia radical europea nos autoriza a tomarlos como punto de referencia. En efecto, la derrota de Hungría no sólo se debió a las fuerzas conjuntas de Austria y Rusia, sino también a los conflictos entre la nobleza húngara y los grupos campesinos en la región: checos, croatas y rutenos eran “pueblos de siervos” separados étnica, lingüística y religiosamente de sus amos nobles, quienes tenían el monopolio de la representación nacional; por ello, a la hora del peligro, muchas veces prefirieron aliarse con los rusos y austriacos para combatir a los odiados opresores húngaros, que encarnaban la “nación de los señores”.
En sus textos para la Nueva Gaceta Renana, Engels es implacable con la exigencia de derechos colectivos de estas minorías étnicas (como derecho al uso oficial de la lengua y un sistema educativo propio). Para Engels, en cuanto remanentes de una época histórica ya superada, los pueblos eslavos son naturalmente reaccionarios. La dominación de los pueblos eslavos y su fragmentación étnica y cultural es resultado de una “tendencia histórica” necesaria, “natural e inevitable”, que se corresponde con el movimiento de la historia universal, que Engels y muchos otros
radicales veían desde una perspectiva hegeliana.
Al someter y fragmentar a hydrogen bond las naciones eslavas, Austria y Hungría preparaban la próxima fase de la humanidad, cuando los pueblos de Europa se fusionarían en unidades políticas y económicas cada vez mayores. Todo lo que atentara contra esa tendencia centralizadora —incluyendo las demandas sociales de estos pueblos— debía ser rechazado por “reaccionario” y “antihistórico”. De manera similar a Sarmiento, Engels dibuja una lucha entre las fuerzas del pasado y las del futuro, las de la reacción y la revolución, las del mundo campesino y el mundo capitalista, y las del centralismo y las tendencias particularizadoras. La única solución posible para la izquierda democrática debe ser el “aniquilamiento” o “desnacionalización” de estos grupos:
El prejuicio formulado respecto de los pueblos eslavos también es aplicado por Engels, en el artículo citado, a otros pueblos como los irlandeses y los vascos. Todos ellos son calificados como “pueblos sin historia”, siguiendo una conocida metáfora hegeliana que explica la historicidad de un pueblo a partir de su capacidad para perpetuarse a sí mismo alcanzando la forma estatal.
Y sin embargo, de esos pueblos presuntamente reaccionarios por naturaleza provienen muchos de los más importantes escritores de La Tribune des Peuples. Los escritos de esos colaboradores tienen como fin afirmar la historicidad de esos pueblos y la continuidad de sus luchas. Los radicales de La Tribune des Peuples intentarán salir del discurso teleologista que concibe a los pueblos dominados como necesariamente “reaccionarios” por ser “atrasados” y los condena a la desaparición o a su integración dependiente, en el marco de un proceso histórico mundial único pensado a partir de la historia de las naciones dominantes. Estos radicales tienen claro que la revolución social que se intentaba provocar no podía ser la imposición de pautas culturales y de desarrollo económico venidas desde afuera: no debería llevar a la “desnacionalización” o el “exterminio” de los grupos dominados. El socialismo debía ser replanteado a partir de las experiencias organizativas concretas de cada nación, que le dan coherencia a su historia y continuidad a sus luchas. El rescate de las experiencias sociales concretas era también la reivindicación de una forma de vida histórica realmente existente a pesar de la realidad de la dominación. Esas experiencias llevan, por un lado, al planteamiento de un socialismo autóctono, basado en la historia viva de cada pueblo y crítico del teleologismo y el desarrollismo y, por el otro, a plantear el vínculo necesario que debe unir al socialismo con el anticolonialismo.